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  • bmendozac

Adiós a Las Arango


Faltaban tan solo dos meses para que cumpliera 102 años cuando la Tía Tally decidió quedarse dormida para siempre. En mi mente Tally sigue siendo esa hermana menor de mi abuela paterna que irrumpía en la vieja casa del barrio Bellavista con aires de tromba marina y voz extremadamente aguda, casi chillona, para exclamar ¡hola Buuuutis! y mirarme con sus intensos ojos azul bolitauñita. En su pelo no había canas, solo una negra cabellera que al igual que mi abuela no se teñía porque las Arango eran un poco testarudas y habían decidido que su pelo no se volvería de plata. A la Tía Elvira, en cambio le había parecido una buena idea o tal vez es que tenía el pelo rubio. Tally era delgada y energética, Elvira rellenita y dulce, con los mismos ojos de un azul intenso y Rita, pues no recuerdo mucho de Rita, solo que era encorvada, con una protuberancia en la espalda que la obligaba a mirar hacia abajo, la cual mi mamá utilizaba para escarmentarme sobre los peligros de no pararme derecha como las demás muchachas, cosa que nunca obedecí, tal vez porque de seguro heredé ese temperamento intenso y testarudo de las Arango y decidí a temprana edad que caminaría y me pararía como mi padre. Las tres compartieron por muchos años un apartamento en el centro de Medellín, el cual visitamos varias veces, y nos parecía muy especial la relación que las tres sostenían como compañeras de casa. Es posible que haya sido después de una de esas visitas que las hayamos bautizado las viejujas, es decir viejas y brujas, pero en realidad eran tres buenas mujeres, bastante piadosas como las había criado su madre Fermina, no, no es un nombre inventado, quien también crió a un beato de la iglesia católica, Dionisio, Dioni o Tío Dioni y una religiosa que vivió y falleció en Estados Unidos, Anita. Y luego estaba mi querida tía Reja. Fue con Regina con quien tuve una relación más cercana, puede ser incluso mas cercana que aquella que sostuve con mi abuela María, ya que ella no podía hablar. Mi mamá estaba embarazada de mí cuando mi abuela sufrió un trombosis que le quitó muchas facultades como caminar o hablar pero le dejó intacta la conciencia. Regina vivía en Estados Unidos y solía llegar a Barranquilla con hermosos juguetes que nos parecían costosísimos. En especial recuerdo un horno de juguete el cual horneaba galletas de verdad con el poder de sus bombillas incandescentes. De repente un día me gradué, y como no tenía ni idea de qué carrera escoger me pareció buena idea ir a vivir a casa de su hija para aprender el inglés, como propusieron mis padres. Cómo olvidar los 15 días que pasé de regreso de Chicago en su pequeño apartamento en un condominio para ancianos en San Diego viendo MTV en el televisor. O la vez que vino a visitarnos a Miami y la saqué a pasear por Coral Gables, eran solo tres cuadras, pero las piernas le flaqueaban y sin embargo, tomaba esto como un pequeño inconveniente al que debía adaptarse caminando despacio. A Reja le faltaron también meses para cumplir los 101 años y a Elvira pocos para llegar a los 100. La última vez que ví a Elvira con su pelo blanco en canas estaba postrada en una cama “esperando que el señor me recoja”, mientras Tally en su vitalidad se movía por la casa dando órdenes a la empleada para que me llevaran un tinto o un pudín y empacando una mudanza pues ya se estaba preparando para irse a vivir a Lima para estar cerca de sus hijos y sus nietas. Rita ya había muerto. Yo estaba en Medellín para un evento dichoso en mi vida que resultó no ser tal, o tal vez sí, pero luego no lo fue. Tal vez esa fue la última vez que vi a Tally. Hablamos algunas veces por teléfono y su hija nos traía noticias de ella como ahora. Mi más sentido pésame a toda su descendencia. Los quiero.





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